Bogotá enterró su río para no tener que verlo. Enterró a sus muertos para no tener que oírlos. Y en 1969, una antena instalada de noche en Monserrate despertó lo que dormía abajo: una frecuencia, 174.8 megahercios, que devuelve lo enterrado.

Gabriel Vera, periodista y fumador empedernido de Roca Roja, despierta en el sótano inundado de un Instituto sellado desde 1987, sin recordar cómo llegó. Algo reclama a los que están rotos —y Gabriel lo está. Entre los túneles del ferrocarril, la cisterna conectada al río enterrado y las cuestas de Monserrate, deberá decidir cuánto está dispuesto a pagar para que la deuda de la ciudad se salde sin que él sea el pago.